de la inmigración de catalanes, vascos y gallegos que, hacia mediados del siglo XVIII, llegaron atraídos por el incentivo de hacer fortuna, que no tardaron en consolidar, conformando un sector mercantil que ocupó un lugar de privilegio en la sociedad rioplatense. Aunque procedieran de las capas más humildes, al pisar tierra americana, estos españoles se consideraban con derecho de mando y jerarquía superior. La ciudad crecía y con ella la necesidad de crear nuevas instituciones administrativas, cuyo manejo recayó también en manos de este sector de la población.
Así, los funcionarios y los comerciantes pasaron a ocupar el primer rango dentro de la escala social. Junto a ellos se encontraban los integrantes del alto clero, de origen español. La Iglesia Católica tenía una gran influencia en el desarrollo de la vida cotidiana de la sociedad colonial. En los últimos tiempos, del virreinato algunos criollos comenzaron a ocupar cargos públicos y también a tratar de influir en la vida comercial.
El abanico social se completaba con los esclavos negros, que habían sido traídos de África, aunque las normas prohibían utilizar puertos no habilitados –como el de Buenos Aires- para el comercio de esta “mercancía humana” pero, su introducción al Río de la Plata se efectuaba a través del contrabando, incluso con la connivencia de las autoridades. Eran esclavos ellos y sus hijos, pues seguían la condición de sus padres. Los esclavos podían dejar de serlo cuando sus dueños los ponían en libertad mediante una declaración formal o por testamento.
Hacia finales del siglo XVIII, se autorizó a los esclavos a comprar su propia libertad. Los esclavos podían casarse libremente y se procuraba mantener unidas a las familias. Los dueños de los éstos exigían obediencia y se apropiaban de todo aquello cuanto produjesen. Los amos tenían el derecho de castigarlos moderadamente y estaban obligados a instruirlos en la religión, a alimentarlos y vestirlos y a dejarles dos horas diarias libres para que trabajaran en su propio beneficio. Muchos esclavos se dedicaban a tareas domésticas y convivieron con los blancos en una situación de relativa familiaridad; fueron artesanos dedicados a múltiples oficios; trabajaron en las estancias. Los negros, libres y esclavos pudieron organizar sus propias cofradías, fiestas y candombes, tratando de conservar su pertenencia étnica.
En cuanto a la población indígena, el derecho indiano los consideraba personas “miserables”, necesitadas de protección por su incultura, les imponía muchas restricciones a su libertad y los subordinaba a los españoles. Al convertirse al cristianismo, se procuraba que el indio eligiera una sola mujer para que organizara una familia estable. Los indios no tenían libertad de locomoción, sólo podían abandonar sus pueblos para concurrir por turno a trabajar a las ciudades. Las leyes prohibían venderles armas y vino, realizar bailes sin licencia de las autoridades y que anduvieran a caballos; pero estas normas no siempre se cumplieron.
Las leyes que tutelaban a los indígenas se extendían incluso a regular los contratos de trabajo y los salarios que debían percibir por ellos. Algunos aborígenes vivían en las cercanías de la ciudad y eran contratados por los habitantes de la ciudad para realizar trabajos diversos, es decir, estaban en contacto con la población blanca. Otros, los llamados “infieles”, vivían fuera de los territorios ocupados por los españoles; algunos de ellos mantenían contactos eventuales con los blancos y otros, resistieron la dominación de aquellos. Los blancos tuvieron que organizar sistemas ofensivos y defensivos para repeler su avance.
Los casamientos entre indígenas y blancos estaban autorizados aunque estas uniones eran consideradas ilegítimas. La india casada pertenecía al pueblo de su marido. Los hijos de estas uniones, los mestizos, fueron conocidos a principios del siglo XIX con el nombre de gauchos. Poco a poco, los gauchos irían forjando sus costumbres, su idioma, sus normas sociales. Llevaron adelante una vida errante, jaqueados por leyes severas y autoridades arbitrarias, se abastecían del ganado cimarrón que vagaba por la pampa. Cuando las tierras fueron repartidas en estancias, muchos gauchos se incorporaron al trabajo como peones; otros se mantuvieron sin ocupación estable fueron perseguidos por las autoridades como hombres al margen de la ley.--dirección General de Cultura y Educación de la Provincia de Buenos Aires - Dirección de Producción de Contenidos
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miércoles, 20 de marzo de 2013
Vida en la ciudad Los pobladores y sus actividades
A partir de la creación del Virreinato en 1776, se produjeron cambios en la vida de la población de Buenos Aires. Los censos de la época muestran un importante aumento del número de pobladores de las diferentes etnias. La población blanca se incrementó producto
de la inmigración de catalanes, vascos y gallegos que, hacia mediados del siglo XVIII, llegaron atraídos por el incentivo de hacer fortuna, que no tardaron en consolidar, conformando un sector mercantil que ocupó un lugar de privilegio en la sociedad rioplatense. Aunque procedieran de las capas más humildes, al pisar tierra americana, estos españoles se consideraban con derecho de mando y jerarquía superior. La ciudad crecía y con ella la necesidad de crear nuevas instituciones administrativas, cuyo manejo recayó también en manos de este sector de la población.
Así, los funcionarios y los comerciantes pasaron a ocupar el primer rango dentro de la escala social. Junto a ellos se encontraban los integrantes del alto clero, de origen español. La Iglesia Católica tenía una gran influencia en el desarrollo de la vida cotidiana de la sociedad colonial. En los últimos tiempos, del virreinato algunos criollos comenzaron a ocupar cargos públicos y también a tratar de influir en la vida comercial.
El abanico social se completaba con los esclavos negros, que habían sido traídos de África, aunque las normas prohibían utilizar puertos no habilitados –como el de Buenos Aires- para el comercio de esta “mercancía humana” pero, su introducción al Río de la Plata se efectuaba a través del contrabando, incluso con la connivencia de las autoridades. Eran esclavos ellos y sus hijos, pues seguían la condición de sus padres. Los esclavos podían dejar de serlo cuando sus dueños los ponían en libertad mediante una declaración formal o por testamento.
Hacia finales del siglo XVIII, se autorizó a los esclavos a comprar su propia libertad. Los esclavos podían casarse libremente y se procuraba mantener unidas a las familias. Los dueños de los éstos exigían obediencia y se apropiaban de todo aquello cuanto produjesen. Los amos tenían el derecho de castigarlos moderadamente y estaban obligados a instruirlos en la religión, a alimentarlos y vestirlos y a dejarles dos horas diarias libres para que trabajaran en su propio beneficio. Muchos esclavos se dedicaban a tareas domésticas y convivieron con los blancos en una situación de relativa familiaridad; fueron artesanos dedicados a múltiples oficios; trabajaron en las estancias. Los negros, libres y esclavos pudieron organizar sus propias cofradías, fiestas y candombes, tratando de conservar su pertenencia étnica.
En cuanto a la población indígena, el derecho indiano los consideraba personas “miserables”, necesitadas de protección por su incultura, les imponía muchas restricciones a su libertad y los subordinaba a los españoles. Al convertirse al cristianismo, se procuraba que el indio eligiera una sola mujer para que organizara una familia estable. Los indios no tenían libertad de locomoción, sólo podían abandonar sus pueblos para concurrir por turno a trabajar a las ciudades. Las leyes prohibían venderles armas y vino, realizar bailes sin licencia de las autoridades y que anduvieran a caballos; pero estas normas no siempre se cumplieron.
Las leyes que tutelaban a los indígenas se extendían incluso a regular los contratos de trabajo y los salarios que debían percibir por ellos. Algunos aborígenes vivían en las cercanías de la ciudad y eran contratados por los habitantes de la ciudad para realizar trabajos diversos, es decir, estaban en contacto con la población blanca. Otros, los llamados “infieles”, vivían fuera de los territorios ocupados por los españoles; algunos de ellos mantenían contactos eventuales con los blancos y otros, resistieron la dominación de aquellos. Los blancos tuvieron que organizar sistemas ofensivos y defensivos para repeler su avance.
Los casamientos entre indígenas y blancos estaban autorizados aunque estas uniones eran consideradas ilegítimas. La india casada pertenecía al pueblo de su marido. Los hijos de estas uniones, los mestizos, fueron conocidos a principios del siglo XIX con el nombre de gauchos. Poco a poco, los gauchos irían forjando sus costumbres, su idioma, sus normas sociales. Llevaron adelante una vida errante, jaqueados por leyes severas y autoridades arbitrarias, se abastecían del ganado cimarrón que vagaba por la pampa. Cuando las tierras fueron repartidas en estancias, muchos gauchos se incorporaron al trabajo como peones; otros se mantuvieron sin ocupación estable fueron perseguidos por las autoridades como hombres al margen de la ley.--dirección General de Cultura y Educación de la Provincia de Buenos Aires - Dirección de Producción de Contenidos
de la inmigración de catalanes, vascos y gallegos que, hacia mediados del siglo XVIII, llegaron atraídos por el incentivo de hacer fortuna, que no tardaron en consolidar, conformando un sector mercantil que ocupó un lugar de privilegio en la sociedad rioplatense. Aunque procedieran de las capas más humildes, al pisar tierra americana, estos españoles se consideraban con derecho de mando y jerarquía superior. La ciudad crecía y con ella la necesidad de crear nuevas instituciones administrativas, cuyo manejo recayó también en manos de este sector de la población.
Así, los funcionarios y los comerciantes pasaron a ocupar el primer rango dentro de la escala social. Junto a ellos se encontraban los integrantes del alto clero, de origen español. La Iglesia Católica tenía una gran influencia en el desarrollo de la vida cotidiana de la sociedad colonial. En los últimos tiempos, del virreinato algunos criollos comenzaron a ocupar cargos públicos y también a tratar de influir en la vida comercial.
El abanico social se completaba con los esclavos negros, que habían sido traídos de África, aunque las normas prohibían utilizar puertos no habilitados –como el de Buenos Aires- para el comercio de esta “mercancía humana” pero, su introducción al Río de la Plata se efectuaba a través del contrabando, incluso con la connivencia de las autoridades. Eran esclavos ellos y sus hijos, pues seguían la condición de sus padres. Los esclavos podían dejar de serlo cuando sus dueños los ponían en libertad mediante una declaración formal o por testamento.
Hacia finales del siglo XVIII, se autorizó a los esclavos a comprar su propia libertad. Los esclavos podían casarse libremente y se procuraba mantener unidas a las familias. Los dueños de los éstos exigían obediencia y se apropiaban de todo aquello cuanto produjesen. Los amos tenían el derecho de castigarlos moderadamente y estaban obligados a instruirlos en la religión, a alimentarlos y vestirlos y a dejarles dos horas diarias libres para que trabajaran en su propio beneficio. Muchos esclavos se dedicaban a tareas domésticas y convivieron con los blancos en una situación de relativa familiaridad; fueron artesanos dedicados a múltiples oficios; trabajaron en las estancias. Los negros, libres y esclavos pudieron organizar sus propias cofradías, fiestas y candombes, tratando de conservar su pertenencia étnica.
En cuanto a la población indígena, el derecho indiano los consideraba personas “miserables”, necesitadas de protección por su incultura, les imponía muchas restricciones a su libertad y los subordinaba a los españoles. Al convertirse al cristianismo, se procuraba que el indio eligiera una sola mujer para que organizara una familia estable. Los indios no tenían libertad de locomoción, sólo podían abandonar sus pueblos para concurrir por turno a trabajar a las ciudades. Las leyes prohibían venderles armas y vino, realizar bailes sin licencia de las autoridades y que anduvieran a caballos; pero estas normas no siempre se cumplieron.
Las leyes que tutelaban a los indígenas se extendían incluso a regular los contratos de trabajo y los salarios que debían percibir por ellos. Algunos aborígenes vivían en las cercanías de la ciudad y eran contratados por los habitantes de la ciudad para realizar trabajos diversos, es decir, estaban en contacto con la población blanca. Otros, los llamados “infieles”, vivían fuera de los territorios ocupados por los españoles; algunos de ellos mantenían contactos eventuales con los blancos y otros, resistieron la dominación de aquellos. Los blancos tuvieron que organizar sistemas ofensivos y defensivos para repeler su avance.
Los casamientos entre indígenas y blancos estaban autorizados aunque estas uniones eran consideradas ilegítimas. La india casada pertenecía al pueblo de su marido. Los hijos de estas uniones, los mestizos, fueron conocidos a principios del siglo XIX con el nombre de gauchos. Poco a poco, los gauchos irían forjando sus costumbres, su idioma, sus normas sociales. Llevaron adelante una vida errante, jaqueados por leyes severas y autoridades arbitrarias, se abastecían del ganado cimarrón que vagaba por la pampa. Cuando las tierras fueron repartidas en estancias, muchos gauchos se incorporaron al trabajo como peones; otros se mantuvieron sin ocupación estable fueron perseguidos por las autoridades como hombres al margen de la ley.--dirección General de Cultura y Educación de la Provincia de Buenos Aires - Dirección de Producción de Contenidos
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